Me quedé de pie en el vestíbulo del hotel mientras Diego corría hacia mí con su desesperación pintada en el rostro. Me miró con sus ojos desbordados de esperanza, como si fuera su única salvación en ese momento de crisis.
—Olivia, por favor. —Me dijo al llegar a mí, bajando la voz. —Sé que sigues enojada, y tienes todo el derecho a estarlo.
Crucé los brazos y mantuve el rostro impasible, sin mostrar emoción alguna.
—No debí permitir que Raquel se quedara en la casa sin consultarte antes. —Contin