Celia desahogaba su ira, pisoteando con fuerza su bolso. La cadena que había usado para humillar a Luna ya estaba rota bajo su bota. ¿Cómo se atrevía esa cualquiera a pegarle? ¡Era un verdadero absurdo! Sin las grabaciones, Luna le había devuelto el golpe con la misma moneda. Era cierto, ni siquiera podía contarle a Leandro lo que había pasado. ¡Maldita sea, realmente maldita!
Celia estaba furiosa, llena de amargura, y no podía desahogar su rabia. De repente, su teléfono sonó. Al mirarlo, vio qu