Ella no se suicidaría. Ya lo había comprendido, especialmente por los dos inocentes hijos en su vientre.
¿Cómo podría morir fácilmente? ¿No sería cumplir el deseo de Celia? Tenía que vivir, vivir bien; aún necesitaba ver a Celia, esa deshonesta mujer, morir.
Luna se volvió, dejó de mirar a Leandro y observó el paisaje por la ventana.
Un pajarito recién nacido, con sus tiernas alas grises, aterrizó junto a la ventana, chillando sin parar. Miraba a su alrededor, como si estuviera buscando algo.
Lu