Esta fue una oportunidad perfecta. Luna no tuvo tiempo para sorprenderse ni para pensar demasiado.
Se levantó rápidamente, sacó la rama y, apuntando a los ojos de Juan, la clavó con fuerza. En ese momento, no podía tener lástima. Si no era severa, la persona que moriría sería ella. Debía proteger a Sía.
Con un grito agudo, Juan se debilitó y se arrodilló, cubriendo sus ojos con ambas manos, mientras la sangre brotaba constantemente entre sus dedos.
Luna se erguía con orgullo, en una posición dom