Él no tenía interés en preocuparse por el tonto Brayan, cuyo cerebro era una masa. Era él quien había aceptado el trabajo, y con la mujer que había secuestrado, podía hacer lo que quisiera.
Ahora, mientras Brayan estaba fuera haciendo una llamada para contactar a sus superiores, él podría actuar rápidamente y con discreción. ¿Quién lo sabría? Incluso si lo lograba, la bella joven delante de él no diría nada por vergüenza. Solo necesitaba asegurarse de no lastimarla demasiado.
—Je, je —Juan sonre