—¡Imbécil! Alguien limpiará eso, no necesitas hacerlo tú —Leandro apartó a Luna de inmediato, pisoteando los fragmentos de porcelana que tenía delante.
Bajando la vista, vio la herida en el dedo de Luna, de la cual brotaba sangre.
—Vamos, necesitas curarte —susurró.
Leandro llevó a Luna al salón adjunto, abrió un armario y sacó el botiquín de primeros auxilios que mantenía en casa. Había yodo, gel hemostático, antibióticos, curitas, gasas, etc.
Luna, agarrada del pulgar por él, no podía moverse