(NARRADO POR KEELEN)
El olor a cena quemada se había quedado atrás, en la cocina, como un eco de una vida doméstica que, aunque necesaria, no era lo que mi cuerpo exigía en este preciso instante. Al entrar en la habitación, el aire se sentía distinto. Aquí, en mi santuario en Atenas, la luz de la luna se filtraba por las persianas, dibujando rayas de plata sobre la cama de sábanas oscuras.
Eira caminaba delante de mí, todavía un poco agitada por lo que acababa de pasar en la cocina. Se detuvo e