CAPÍTULO 127: EL PESO DE LA PRIMOGENITURA (NARRADO POR KEELEN)
El amanecer en Atenas tenía un tono rosado que solía darme paz, pero hoy, ese color me recordaba al rastro de los dedos de mi madre en la mejilla de Eira. La miré una última vez antes de salir; dormía profundamente en nuestra nueva cama, con el rostro hundido en la almohada y el cabello cubriendo la marca que me había quitado el sueño. Me dolía la espalda, un recordatorio sordo del esfuerzo de ayer, pero la furia era un combustible