(NARRADO POR KEELEN)
Un mes. Treinta días de despertar con el sabor del hierro en la boca y el eco de los sollozos de Eira en mis pesadillas. Treinta días en los que mi suegro y yo hemos envejecido una década, atrapados en este hospital de Texas que huele a derrota y antiséptico.
Marcus, el fisioterapeuta, colocó el andador de metal frente a mí. Sus manos, siempre firmes, temblaban un poco hoy. Sabía que este era el límite. O me ponía de pie ahora, o mi mente se rendiría antes que mis nervios.