(NARRADO POR KEELEN)
El sonido no era el de las olas de Elogsui, ni el de los pasos de Eira en el pasillo. Era un pitido agudo, metálico, constante. Houston me recibió con un frío de aire acondicionado que calaba hasta los huesos. Abrir los ojos fue como intentar levantar losas de mármol; me pesaban los párpados, me pesaba la existencia.
—Keelen... ¿me oyes? Keelen, mírame.
La voz de Artemises estaba ahí. Siempre ahí. Cuando logré enfocar la vista, lo vi sentado al borde de mi cama. No llevaba