(NARRADO POR EIRA)
El apartamento en Atenas se sentía como una celda de cristal. El aire estaba viciado por el olor a café frío y el silencio denso que mi madre intentaba llenar con frases optimistas que yo ya no escuchaba. Estaba sentada frente a mis libros de texto, pero las letras bailaban ante mis ojos sin sentido alguno.
Mi madre colgó el teléfono en la cocina. Tenía una expresión extraña, una mezcla de alivio y una culpa que trataba de ocultar tras una sonrisa forzada.
—Era tu padre, Eira