(NARRADO POR EIRA)
La luz del sol de Atenas se filtraba por las persianas de la clínica, dibujando líneas doradas sobre la sábana blanca. Me dolía todo el cuerpo, pero era un dolor sordo, amortiguado por la presencia del hombre que roncaba suavemente a mi lado. Keelen no se había ido. Se había quedado toda la noche, sentado en esa silla incómoda hasta que el cansancio lo venció y terminó apoyando la cabeza en el borde de mi colchón, con su mano entrelazada con la mía incluso en sueños.
De repe