(NARRADO POR KEELEN)
El aire en las montañas de Delfos tenía una pureza que casi dolía al respirar. En el balcón de la casa de piedra, el mundo parecía una miniatura lejana y desenfocada. Ante nosotros, el valle de los olivos se extendía como un mar plateado que se mecía con la brisa de la tarde, y el sol comenzaba su descenso, pintando el cielo de un color púrpura que recordaba al vino de los antiguos festivales dionisíacos.
Eira estaba sentada sobre mis piernas, con su espalda apoyada contra