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Horas después, Rose abrió los ojos lentamente. La habitación estaba en penumbras y el reloj marcaba casi las once de la noche. Estaba sola. Se llevó una mano al vientre. Allí, en su interior, crecía una vida… inocente. Aquel pequeño no tenía la culpa de nada.
Se sentó en la cama, con el corazón aún agitado. Lo que Dorian le había hecho era imperdonable… había manipulado su destino sin consultarla, sin respetarla. Pero ahora necesitaba respuestas más que nunca. ¿Quién había querido que desaparec