El silencio se prolongó, denso y pesado.
Miranda se quedó pasmada. Al igual que Guillermo, tenía la vista clavada en la conversación del chat, olvidándose de arrebatarle el celular. Por suerte, treinta segundos después, la pantalla se bloqueó sola.
La mirada de Guillermo se despegó con lentitud de la pantalla y se posó en la cara de Miranda, tan delicada como confundida. La examinó con detalle, milímetro a milímetro, como si quisiera descifrar qué clase de vínculo podía existir entre esa cara t