Aunque se repetía que no debía enojarse, mantener la calma y sonreír ante una situación así era algo que solo lograría un monje budista en pleno nirvana.
Por unos segundos, Miranda sintió un impulso muy fuerte de estamparle el celular en la cara a Guillermo para que viera la actitud hipócrita y los dramas de su exnovia, la perfecta santita.
Pero un último hilo de sensatez le recordó que, si él había dicho que no se aferraría al pasado, ella no tenía por qué desquitarse con él sin motivo.
Quizá