Anna
El aire gélido de esta mañana de regreso me atrapa en cuanto bajo del coche. Me quedo ahí, inmóvil, incapaz de avanzar. Mis dedos tiemblan contra la correa de mi bolso, aunque ligero. El simple hecho de poner un pie en este patio me parece irreal. Como si todo esto perteneciera a otra vida.
El coche negro se aleja, pero él se queda ahí. El guardaespaldas. El perro de Louis. Alto, corpulento, con una mirada dura. Sin sonrisas, sin emociones. Su presencia lo aplasta todo.
Soplo lentamente. Me ha dejado venir... pero ¿a qué precio? No es libertad. Solo una correa más larga.
Hago unos pasos, mis tacones resonando sobre los adoquines del patio. Ya siento las miradas. Antiguos compañeros, desconocidos. Curiosos, burlones a veces. No les guardo rencor. Una desaparición repentina, un regreso en silencio... y esa sombra amenazante detrás de mí.
La puerta del auditorio se abre a un murmullo de voces. Me acerco, con la garganta apretada. Un escalofrío me recorre. Todo aquí me parece familiar