Dos latidos bastaron para entender al imbécil que tenía frente a mí. La cortesía que mostraba no era más que un anhelo mal ocultado. Pude reconocer esa desviación mínima de la pupila, el brillo que no pertenece a una conversación inocente. Respiraba un milímetro más hondo si Vera hablaba. Su postura, era la de alguien que cree tener derecho a invadir el espacio de otros.
No tenía necesidad de haber estado en las reuniones previas para entenderlo. Este hombre buscaba aproximarse a Vera a través d