Estábamos los dos en la alcoba de la bebé. Ella dormía profundamente, ajena a nuestro debate silencioso que se había alargado por horas. Habíamos probado nombres suaves, nombres fuertes, nombres largos, cortos, antiguos, modernos. Pero ninguno terminaba de quedarse. Ninguno nos llenaba el pecho como debía.
Volvimos a su habitación, atraídos por la necesidad de mirar su carita una vez más antes de tomar una decisión. Y allí, en el silencio cálido de su cuarto, Leo lo dijo.
—Helena —susurró Leo.
L