Apenas lo vi fruncir el ceño, supe que esto había sido una idea estúpida.
Leo respiró hondo. Se puso muy serio. No gritó, no armó un escándalo. Pero la frialdad con la que habló dijo más que cualquier gesto dramático.
—Marta, encárgate de que este olor desaparezca. La casa apesta, y ahora mismo tengo el estómago revuelto.
Eso fue todo. Pasó de largo, apoyado en su muleta. Se veía agotado, drenado. Thomas le ayudó a subir las escaleras sin que Leo se resistiera. Directo a su habitación. A la h