Pasos. Voces. Gritos. Todo sucedía al mismo tiempo. A veces se apagaban, en otras se intensificaban. La escena se volvía difusa, irreal, mi mente flotaba fuera de mi cuerpo.
—¡Necesitamos una ambulancia ya! ¡Aquí! —gritó alguien desesperado, probablemente Thomas.
El suelo estaba frío. Yo seguía ahí, de rodillas, temblando, mis manos contra la herida que sangraba sin parar. Tenía miedo de soltarlo. Miedo de que si dejaba de presionar, su vida se me escurriría de los dedos. Mi única prioridad era