Leo mantenía su mano sobre la mía, procesando, pero no se apartó.
—¿Estás...? —murmuró.
Asentí.
Su expresión cambió. Al principio parecía desconcertado. Luego, sus labios se curvaron lentamente hasta que una sonrisa luminosa le estalló en el rostro.
—¿De verdad estás embarazada?
—Así es.
Sus iris brillaban de emoción. Se incorporó un poco y me abrazó fuerte, besándome la frente, las mejillas, el cuello. Reía bajito contra mi piel, incapaz de contener tanta felicidad.
—Dios... Vera... No sabes l