—¡Es mi hombre! —Casi grité, interrumpiéndola.
Las dos mujeres detrás del mostrador se miraron, sobresaltadas y sorprendidas, y sentí la mirada de Nataly atravesándome mientras trataba de respirar normalmente con los puños apretados y el rostro tan caliente como la lava, ni siquiera sé si por ira o vergüenza.
El silencio duró unos segundos más de pura incomodidad, hasta que una se aclaró la garganta, torpemente.
—Hablaré con el médico a cargo. —dijo, mecánicamente, antes de darse la vuelta y de