—Te dije que el sinvergüenza nos estaba asustando de nuevo. —dijo Nataly, de repente, y la vi cargar una de las dos sillas que acompañaban a la mesita en la esquina de la habitación y colocarla detrás de mí. —No te vas a separar de él, así que al menos quédate sentada.
Arreglé mi postura para mirarla, luego sonreí un poco en agradecimiento y me senté, sin apartar mis manos de Ares, como si temiera que se evaporara si dejaba de tocarlo por un segundo.
—¿Quieres que me quede o quieres privacidad