—Ares… Así, ah, maldita sea, que bien… —Gemi, sintiendo mi voz fallar en una u otra sílaba, pero realmente no puede preocuparme por ello.
Escuché un gruñido bajo y suspiré de insatisfacción cuando quitó su dedo de mí y me obligó a sentarme en sus piernas de nuevo, con cierta brutalidad, luciendo tan desesperado como yo me sentía. Y antes de que pudiera quejarme de que ya no lo sentía dentro de mí, mientras una mano agarraba mi cintura con fuerza, con la otra nos masturbaba de nuevo, empujando s