—¡Sí! —Concordé con su oferta final y solo me incliné para dejar un beso en su frente antes de correr hasta el baño.
Con la puerta cerrada, comencé a desabrocharme la camisa blanca y, frente al espejo, me mordí el labio cuando vi, con satisfacción, las pequeñas marcas en mi cuello. Las primeras que me había hecho estaban más oscuras, pero también estaban en un lugar que mi ropa podía cubrir fácilmente. La última que fue hecha a petición mía, sin embargo, estaba en un lugar más visible, pero era