Incentivada por su expresión maliciosa, también busqué lo que comenzó a observar y me deshice en un fuerte gemido cuando vi a la mujer de la habitación contigua parada afuera, paralizada, con los ojos muy abiertos y atentos a la forma en que Ares y yo follábamos. No sabía cuánto tiempo estuvo allí mirándonos, pero Alma no parecía estar dispuesta a irse. Sus dedos apretaban el cargador de Ares en sus manos y sentí mi visión borrosa, tal vez a punto de llorar de excitación por ser admirada de esa