Como si recibiera un golpe doloroso, mi risa perdió fuerza y volví mi rostro hacia Nataly con tanta fuerza que casi me rompo el cuello.
—¿Cómo? —Pregunté, atónita por no saber nada sobre ello. —Soy tu mejor amiga, ¡es tu obligación contarme las cosas!
Nataly entrecerró los ojos, a punto de explotar y soltar todas las malas palabras existentes en este mundo.
—En serio, Nataly, solo di la verdad. —Insistió Bruno, esta vez con un poco más de seriedad. —¿Qué está pasando entre ustedes dos?
—Nada.
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