El sol tímido de Escocia apenas asomaba entre las nubes cuando la familia salió a recorrer los campos que rodeaban el castillo-hotel. El césped estaba húmedo por el rocío y el aire olía a tierra fresca y flores silvestres. Lían corría con pasos torpes, a punto de cumplir dos años, con una chaquetita de lana que lo hacía parecer un pequeño lord escocés. Darío lo seguía de cerca, a veces levantándolo para que no tropezara con las piedras del camino.
— Mira, Kori — Dijo Darío señalando al horizonte — Allá hay ruinas de un castillo antiguo. Después iremos con un guía, para que la historia también se grabe en la memoria de Lían —
Korina sonrió, sujetando a su madre en la silla de ruedas, mientras Samanta empujaba con cuidado — Él solo quiere correr, Darío. Lo de la historia lo dejará para cuando sea grande —
— Pues que corra, pero que corra seguro — Replicó él, con ese aire protector que nunca dejaba.
Maritza suspiró mientras observaba a su nieto reírse con cada piedra que levantaba