Don Darío respiro y no podía creer que ella estuviera pensando eso, no cuando le pretendían hacer daño — Los amigos no dañan a lo que uno aprecia y te quisieron lastimar, al igual que tu expareja llegaremos hasta las últimas consecuencias. Sí me gustaría que me avises dónde vas a estar y me preocupa que esto ocurra de nuevo —
Korina eso la alarmo, pero al menos Don Darío estaba dispuesto a cuidarla — De acuerdo y gracias por llegar los dos en el momento preciso —
Él apretó su mano, inclinándose lo suficiente para que solo ella lo escuchara: — No voy a dejarte, Korina. Te prometo que nadie volverá a tocarte. Yo mismo voy a cuidarte. Pero necesito que confíes en mí y no te alejes de mi lado —
Por primera vez, las palabras no sonaron como un mandato, sino como una súplica disfrazada de promesa. Korina asintió, cerrando los ojos con un leve suspiro, y Don Darío se quedó allí, velando su descanso como un guardián decidido a no fallar.
Don Darío la acomodó en sus brazos, ella estaba vulnera