Don Darío, incómodo al verla en ese estado, se levantó despacio. Su sombra se proyectó sobre ella con la luz parpadeante de la chimenea. Se inclinó y, sin pedir permiso, la tomó de los brazos para alzarla.
— Suéltame… y no me toques — Exigió con voz temblorosa.
— Deja de estar tan orgullosa — Susurró él, con un dejo de reproche.
La jaló hacia el colchón y, con un movimiento firme, la obligó a recostarse. Su cuerpo se colocó encima del de ella y, sin esperar, posó un beso en su cuello helado.
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