Korina terminó de enjuagarse la boca y dejó el cepillo sobre el lavamanos. Alzó la vista al espejo y vio reflejado a Don Darío apoyado en la pared, mirándola con paciencia, como si no pudiera entender la dureza de sus palabras.
— Mi amor, vamos a caminar — Insistió con voz baja.
— No quiero — Ella lo miró a través del espejo, sin girarse — Me dijiste que si comía me dejarías en paz. Ni siquiera puedes cumplir con algo tan sencillo. ¿De verdad crees que así voy a querer regresar contigo?. Hazte un favor: Baja, siéntate en un sillón, trabaja en tus millones, pero deja de molestarme —
La frase fue un golpe seco. El brillo en los ojos de Don Darío se apagó un instante, como si le hubiesen arrancado aire.
— Cambié por ti… — Susurró — Dejé de ser grosero, saqué tiempo para enseñarte lo que sé, incluso usé mis apuestas para redimir mis errores. Te respeté, quería conquistarte, que te entregaras a mí sin presiones, con pasión. Y lo sabes, porque cuando estábamos juntos terminábamos amándon