En lo más alto del cielo :
El cielo tembló. No por una tormenta. No por una guerra.
Sino por la decisión de Aquel que no necesitaba levantar la voz para alterar el orden del universo.
En el Salón de la Corona Eterna, donde la luz no provenía del sol sino de la esencia misma de la creación, el Altísimo se alzó en su forma más pura:
un brillo imposible de mirar, un canto silencioso que estremecía el alma.
A su alrededor, los guardianes celestiales —seres de fuego blanco, plumas infinitas y espadas hechas del primer amanecer— permanecían en círculo, atentos, expectantes.
Uno avanzó al centro.
Su armadura resonó como campanas sagradas.
—Señor… la hija de Lucile y Kaneth ha sido tomada —dijo el guardián—. Liyeth está en las manos del Ser Supremo Oscuro.
Un murmullo de energía recorrió la sala.
El Altísimo no respondió de inmediato.
Sus alas, más grandes que océanos, se abrieron lentamente.
—Lo sé —susurró, y su voz se convirtió en eco de luz—. Su juicio estaba destinado… pero a