El silencio que se había apoderado del despacho de Helena no fue un silencio normal. Fue denso, casi físico. Helena se levantó y comenzó a caminar de un lado para otro tratando de calmarse, mientras Blanche seguía con la mirada clavada en la mesa como si las líneas de sus propios bocetos pudieran darle valor.
Mady, en cambio, se movía como un resorte.
—¿Cómo que “crees”? —repitió, incrédula—. Blanche, si sabes algo, tienes que decirlo. ¡Nos están copiando en la cara!
Helena levantó una mano,