Kelly se acomodó en una de las mesas principales, rodeada de un despliegue de ostentosidad que parecía no tener fin. La cubertería era de plata, los platos de una porcelana blanca impecable y las copas, de un cristal tan fino que resultaba imposible distinguir una de otra. Los cubiertos se multiplicaban a ambos lados del plato, tantos que le parecía ridículo semejante protocolo. Tal vez era eso, o tal vez ella era una ignorante consumada en ese tipo de círculos.
Agradecía no tener que dar lecci