LVII C

Una vez con el acceso permitido, pasaron a una amplia zona de parqueo para estacionar los coches. Unos cuantos ya estaban allí, alineados con una pulcritud casi ostentosa, incluidos un Ferrari rojo y un Lamborghini blanco, que volvieron loco a Killian apenas los vio.

Saltó del coche sin esperar indicaciones y se acercó a ellos a corta distancia, respetuoso, sin tocarlos. Giró alrededor de ambos una y otra vez, con los ojos tan abiertos que sus expresiones exageradas terminaron por hacer reír a Kelly, divertida ante aquellas muecas de asombro genuino.

La verdad era que ella tampoco había visto tan de cerca autos de ese calibre. Si bien los conocía de revistas, escaparates o pantallas lejanas, jamás imaginó tenerlos allí, al alcance de su mano, sin que nadie la mirara con desconfianza ni pensara que podía robarlos en lugar de simplemente detenerse a admirarlos.

El suelo que pisaban era de mármol gris. Al avanzar, se encontró con que, a su derecha, había un gran garaje para ubicar mínima
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