Una vez con el acceso permitido, pasaron a una amplia zona de parqueo para estacionar los coches. Unos cuantos ya estaban allí, alineados con una pulcritud casi ostentosa, incluidos un Ferrari rojo y un Lamborghini blanco, que volvieron loco a Killian apenas los vio.
Saltó del coche sin esperar indicaciones y se acercó a ellos a corta distancia, respetuoso, sin tocarlos. Giró alrededor de ambos una y otra vez, con los ojos tan abiertos que sus expresiones exageradas terminaron por hacer reír a