Salió del estacionamiento con ira en los ojos, en el cuerpo, en la mente y en cualquier lugar donde cupiera esa emoción.
Se acomodó en el vehículo sin ceremonias. Golpeó el volante para descargar el enojo que lo consumía. Incluso rompió una de las vallas que le impedían la salida. ¡A la mierda todo el que quisiera detenerlo! No habría palabras pacíficas para aplacar el enojo que sentía. Ese día parecía que todos estaban programados para fallar en hacer un único trabajo.
Mantener a la vista a esa mujer, ¿era una labor de otro mundo? ¿Acaso pedía demasiado? Sus hombres, el doctor, las enfermeras, el de seguridad en las puertas de salida… nadie la vio, salvo por las cámaras de seguridad que no recibían un centavo.
Recorrió varias calles concentrado en el tránsito hasta que su teléfono comenzó a sonar. Maldijo la interrupción. No tenía deseos de hablar con nadie. No tenía ganas de mirar a nadie. Solo perderse en las calles hasta que llegara el aviso de Pietro con una noticia certera.
Res