Regina Meyer miró sin emoción los alrededores de la casa mientras esperaba a que sus acompañantes regresaran de inspeccionar si la vivienda se encontraba en condiciones. Decidió investigar ella misma una de las habitaciones, que parecía ser la de un niño, haciendo resonar sus zapatos de tacón por todo el recinto.
Observó el cortinaje, la pequeña mesita que hacía de escritorio, dos sillas sobre las que había ropa doblada prolijamente, la caja de juguetes en una esquina, una mesita de luz desgas