Nadie la buscará

No quise mentirle a la madre superiora, pero tampoco me sentía capaz de decir nombres.

Me senté frente a ella, con la taza de chocolate aún caliente entre las manos, y hablé despacio, escogiendo cada palabra.

Le conté que había huido de un hombre multimillonario y poderoso, alguien que había sido mi jefe y que creía tener derechos sobre mi vida y sobre mis hijas.

No dije más. No dije quién era. No dije su apellido. Ella me escuchó sin interrumpirme, con esa calma que incomoda porque parece verlo todo.

—Los hombres con poder suelen confundir control con amor —dijo al final, en voz baja—. Y cuando eso ocurre, las mujeres pagan el precio más alto.

Asentí, sintiendo que el nudo en el pecho se aflojaba apenas un poco. Pensé que ahí terminaría todo, que mi secreto estaba a salvo.

Pero más tarde, cuando me pidió mi ropa para ponerla a lavar, sentí un sobresalto que no supe explicar. Le entregué el uniforme del hotel, doblado con torpeza, evitando mirarla a los ojos.

Ella tomó la prenda, la estiró con cuidado y se quedó observando el bordado en el pecho. No dijo nada. Sus dedos rozaron el logo con naturalidad: Evans. La gran compañía Evans. En ese instante supe que había fallado en ocultar lo esencial.

—Ponte esto esta noche —me dijo, como si nada—. Es algodón, te hará bien con el frio.

Me tendió un pijama sencillo, limpia, que olía a jabón. Yo la tomé con manos inseguras, esperando una pregunta, un reproche, cualquier señal de que había descubierto más de lo que yo había dicho. Pero no hubo nada. Ni juicio ni alarma. Solo ese silencio denso que hablaba por ella.

—Gracias, madre —susurré.

—Descansa, hija —respondió—. Mañana será otro día.

Me levanté y caminé hacia la habitación asignada, con el corazón acelerado y la certeza inquietante de que no era tan invisible como creía.

Justo antes de cerrar la puerta, la voz de la madre superiora me alcanzó desde el pasillo, suave pero firme:

—Y dime, Berenice… ¿ese hombre poderoso sabe ya que has desaparecido?

Sentí que si no hablaba en ese instante, el peso de todo lo vivido terminaría por aplastarme. Levanté el rostro y dejé que las palabras salieran, sin adornos, sin cuidado.

—Ese hombre es un desalmado —dije, con la voz rota pero firme—. Quería que abortara a mis bebés. A mis hijas. A este milagro que esperé toda mi vida sin saberlo.

Ella no reaccionó de inmediato. Solo me observó, como si estuviera leyendo algo más allá de mis gestos.

—Para él no significan nada —continué—. Es multimillonario. Puede tener cuantos hijos quiera, con cuantas mujeres quiera, pagando clínicas, contratos y silencios. Pero yo no… yo no voy a vender a mis hijos. No nacieron para ser una transacción.

La rabia me quemaba la garganta. Sentía el pulso acelerado, el temblor que ya no era de fiebre sino de miedo y determinación mezclados. Di un paso adelante, casi suplicante.

—Si desaparezco, no le importará. Solo buscará a otra mujer, otro vientre. Yo soy prescindible para él… pero mis hijas no lo son para mí.

La madre superiora se levantó despacio. Su presencia imponía una calma extraña. Se acercó y apoyó una mano tibia sobre mi hombro.

—Hija —dijo con suavidad—, cuando el corazón está herido y perseguido, la mente se nubla. No puedes cargar esto sola.

—No tengo a nadie más —respondí, bajando la mirada.

—Entonces tendrás a Dios —replicó—. Ora a la Divina Providencia. Pídele no riquezas ni castigos, sino la paz que necesitas para decidir bien. La tranquilidad también es una forma de protección.

Asentí, aunque dentro de mí seguía latiendo el temor de ser encontrada, de perderlo todo otra vez. Me giré para ir a la habitación, pero su voz me detuvo una vez más, más seria, más alerta.

—Y dime, Berenice… si ese hombre te encuentra, ¿estás dispuesta a enfrentarlo por tus hijas?

….. Caleb Evans…..

Sonreí con genuino orgullo mientras observaba a Sara Jenkins recorrer la boutique más exclusiva de la ciudad. La luz cálida resaltaba su figura y el brillo de sus ojos cada vez que tomaba una prenda nueva. Pensé, sin pudor, que así debía verse la madre de mis hijas.

—No escatimes —le dije, apoyado contra un mostrador de mármol—. Llévate todo lo que quieras.

Sara giró hacia mí con una sonrisa segura, casi calculada.

—Entonces no me limitaré —respondió—. La madre de tus gemelas debe representarte… y yo sé hacerlo muy bien.

Pidió vestidos maternales de telas suaves, abrigos elegantes, zapatos cómodos pero refinados. Luego añadió accesorios, joyas discretas y bolsos de diseñador. Las dependientas asentían, nerviosas y complacientes, mientras anotaban cifras que no me hicieron pestañear.

—¿Te gusta este? —preguntó, levantando un vestido color marfil.

—Te queda perfecto —contesté—. Mis hijas merecen lo mejor desde ahora.

Ella rio, satisfecha, y siguió eligiendo. Yo asentía, aprobaba, firmaba. Todo marchaba como debía. Sin embargo, en medio de aquel lujo impecable, una imagen inoportuna cruzó mi mente.

Un rostro pálido. Un uniforme barato. Un vómito manchando mis zapatos italianos.

Sentí cómo la mandíbula se me tensaba.

—¿Estás bien? —preguntó Sara, notando mi silencio.

—Perfectamente —mentí—. Solo pensé en un asunto menor.

Pero no lo era. Aquella empleada inepta regresó a mi memoria con una claridad molesta. La humillación, el olor, su mirada aterrada cuando ordené que la sacaran. Un odio frío me recorrió el pecho.

—¿Asunto del hotel? —insistió ella, acercándose.

—Una basura que ya fue retirada —respondí, seco—. Nada que deba preocuparnos.

Sara me observó un segundo más de lo necesario y luego sonrió, como si aceptara la respuesta sin cuestionarla.

—Entonces sigamos —dijo—. Aún faltan cosas para las niñas.

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