José condujo por la autopista, sujetando el volante con tanta fuerza que los nudillos de sus dedos se volvían casi transparentes. Tenía los hombros rígidos, la mandíbula apretada y los ojos fijos en la carretera.
Lola sentada a su lado, iba en completo silencio, con la cabeza apoyada en la ventana. Nunca había visto a su padre tan enojado, ni actuando de esa manera tan firme y decidida. Siempre lo vio como un hombre tranquilo y sumiso, pero ahora podía ver y conocer su verdadero carácter.
—¿A