Macarena subió al tren por la puerta delantera junto al resto de los pasajeros. La gente se movilizaba con prisa, obligándola a avanzar con rapidez entre empujones y murmullos impacientes. Una vez dentro, caminó hasta la parte trasera del vagón y tomó asiento junto a la ventanilla. Se colocó los audífonos, buscando distraerse durante el trayecto y dejar de pensar tanto.
Son embargo, no lo consiguió. La confesión que le había hecho Arquímedes seguía resonándole en su cabeza. Seguía sin entender