Apenas Macarena entró a la pensión, Doña Marta la estaba esperando para invitarla a cenar. Aquella chica no sólo le generaba compasión sino que también era una buena compañía para ella, que no tenía muchas veces con quien conversar.
—Te estaba esperando. Quiero que me acompañes a cenar. He preparado una tortilla valenciana que me ha quedado exquisita.
—La verdad, no tengo hambre —respondió con voz cansada.
—¿Vas a despreciar mi invitación? —cuestionó la mujer.
—No, no es eso. Es que…
—No te