Las lágrimas de Teresa rodaron finalmente por su rostro.
—Arquímedes, lo siento pero yo…
Él cayó de rodillas frente a ella y abrazándose a su cintura, le rogó:
—Quédate conmigo. Quédate por nosotros, por nuestro hijo. No tengo nada que ver con Inés, te lo juro. Nada. Lo que ves en esa caja son recuerdos en papel de algo que ya ni existe. No quiero perderte, Teresa, no quiero. —dijo hundiendo su rostro en su abdomen.
Ella se apartó un poco y sostuvo su rostro entre las manos. Lo miró fijamente