Omar no dijo nada más.
El silencio en la habitación era pesado, casi insoportable, pero él ya había tomado su decisión. Miró por última vez a los presentes, a su abuelo, a su abuela, a todos aquellos que esperaban que obedeciera sin cuestionar, como siempre lo había hecho en el pasado.
Pero esta vez no.
Se puso de pie lentamente, con una calma engañosa, como si dentro de él no hubiera una tormenta destruyendo todo.
—No voy a casarme —dijo con voz firme.
No era un pedido. No era una duda. Era un