Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Samyra.
No pudo contenerlas.
La confesión de su hijo había sido demasiado dolorosa.
Durante unos minutos había imaginado una celebración, una cena familiar, la llegada de su primer nieto.
Había pensado en pequeños zapatos, en una cuna, en los brazos de Murad sosteniendo a su hijo.
Ahora todo aquello estaba cubierto por una terrible duda.
—¡No puede ser! —susurró, llevándose una mano al pecho—. Hasret ha sufrido tanto... ¿De verdad crees que pudo o