—¿¡Por qué, Elise!? ¿Por qué guardaste algo así en silencio?
La voz de Aníbal se quebró a mitad de la frase.
No era solo enojo. Era algo más peligroso: dolor puro.
Sus manos seguían firmes sobre los brazos de ella, pero ya no apretaban con la misma fuerza. Era como si no supiera si sostenerla o soltarla, como si su propio cuerpo no pudiera decidir qué hacer con tanta verdad cayéndole encima.
Elise temblaba.
Las lágrimas no eran elegantes ni silenciosas. Caían sin orden, sin control, como si el c