Salieron del hospital sin decir una sola palabra.
El motor del auto rompía el silencio, pero dentro del vehículo no había ruido real. Solo tensión. Solo pensamientos que ninguno de los dos se atrevía a verbalizar.
Elise miraba por la ventana, aunque en realidad no veía nada.
Las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas frente a sus ojos.
Sus manos estaban frías. Su respiración, irregular.
En su pecho, algo se comprimía con cada kilómetro que los acercaba a la verdad.
Aníbal conducía con