Aníbal condujo sin pensar en los límites de velocidad, como si el camino no fuera real, como si solo existiera el impulso que le quemaba por dentro.
Las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas a través del parabrisas, pero él no las veía.
Su mente estaba atrapada en una sola idea, repetitiva, violenta, imposible de apagar. La verdad.
No la versión que le habían contado. No la que había aceptado durante años. Sino la que ahora, como una herida abierta, se negaba a seguir enterrada.
Cuand