— Rebeca Miller
Terminamos de comer y el señor Ernesto se puso de pie con una sonrisa cordial.
—Fue un verdadero placer conocerla, señora Miller. —Me tomó la mano con suavidad y añadió—: Es usted una mujer muy hermosa. Ahora entiendo por qué Viktor no deja de hablar de usted.
No pude evitar sonreír.
—Gracias, señor Ernesto. El placer fue mío.
Él estrechó la mano de Viktor y se despidió, caminando con paso seguro hacia la salida. Yo lo seguí con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
Vik