Varios empleados que cruzaron en mi camino se apartaron discretamente, inclinando levemente la cabeza. Sabían leerme. Y sabía que, cuando caminaba así, lo mejor era no decir nada.
Atravesé el umbral de la puerta principal. El aire fresco del jardín me golpeó el rostro con la intensidad de una bofetada.
Y allí estaba ella.
Amelia.
Sentada aún en la banca junto a los rosales, sonriendo como si no acabara de incendiarlo todo. Tenía el teléfono en la mano, sostenido cerca del oído, y hablaba con to